La fascinante historia de los criminales que ni Stalin pudo doblegar

EL SEMANAL DIGITAL

EDUCACIÓN SIBERIANA
La fascinante historia de los criminales que ni Stalin pudo doblegar

Manuel R. Ortega – 24 de octubre de 2010

Crimen, honor, violencia, coraje, religiosidad… un complejo revuelto que definió a la comunidad más dura de la URSS, contra la que se estrellaron las autoridades soviéticas: los urcas.

“Unos gozan la vida, otros la sufren, nosotros la combatimos”. Ese viejo dicho urca, toda una declaración de principios, está escrito en el pórtico de entrada a una de las historias más fascinantes y desconocidas hasta ahora: la de los criminales siberianos aposentados en Transnistria, antigua República soviética cuya independencia no es reconocida por los organismos internacionales y que en los años 90 fue a la guerra con Moldavia por ello. Los moldavos salieron trasquilados y Transnistria, todavía un “museo” viviente de simbología soviética, mantiene su extraño statu quo gracias a los urcas, que fueron quien dieron el callo, y, posteriormente, al protectorado de facto del 14º Ejército ruso.

Pero eso vino después de la historia que cuenta Lilin en este libro. Es personal, porque él es el primer protagonista. Y en cierto modo es también el testamento de una casta ya desaparecida de la que él mismo formó parte. Nacido y crecido en el seno de una familia urca, Lilin transmite lo que fueron sus raíces. Y lo hace con energía y frescura. “Era tan poca cosa que en la antigua Esparta me habrían eliminado sin dudarlo. En cambio, me metieron en una incubadora”, asegura con ironía. Menos de ésta hay cuando describe su infancia y juventud en Río Bajo, “un barrio de mala fama donde se establecieron los criminales expulsados de Siberia en los años treinta”.

La complejidad del mundo del crimen siberiano es enorme. Criminales, sí, pero con un código moral estricto hasta la médula. “Nos enseñaban a respetar a todos los seres vivos, categoría en que no entraban los policías, las personas relacionadas con el gobierno, los banqueros, los usureros y todos aquellos que ostentaban poder económico y explotaban a la gente sencilla”, cuenta. O que “nos enseñaban también a creer en Dios y en su hijo, Jesús, así como a amar y respetar las demás formas de creer en Dios. Pero ni la Iglesia ni la religión debían ser consideradas una jerarquía. Mi abuelo afirmaba que Dios no creó a los curas, sino a hombres libres”. La devoción religiosa entremezclada con elementos del chamanismo siberiano, los lazos familiares, el cariño a los minusválidos y la ternura dispensada a los enfermos mentales eran sus marcas. También el respeto a los mayores.

Desde luego, no eran las únicas señas, y ahí es donde los apóstoles de lo políticamente correcto o los que todo lo leen en clave de blanco o negro se rasgarán las vestiduras. Por ejemplo, con el desprecio a los homosexuales -considerados impuros- o con la larga descripción de peleas homéricas a golpe de barra de acero y navaja -pica en lenguaje urca- entre adolescentes con otras bandas rivales, que así son preparados para el día del mañana. La descripción de la vida en el reformatorio en que un día se encontró el autor es durísima. No ahorra detalles escabrosos, como las violaciones entre los presos y por parte de los guardias. Quizá por eso resalta más todavía el carácter de una comunidad dura que, gracias precisamente a eso, a un código férreo y duro como el acero, se mantiene a flote cuando a su alrededor todo hace aguas.

Tampoco gustará a los ídolos -cada vez menos, todo hay que decirlo- de la extinta URSS. En la recopilación de recuerdos y tradición oral que lleva a cabo, Lilin recuerda el caso de un criminal que, precisamente, se echa al monte a consecuencia del sistema soviético al ver cómo, tras el accidente y muerte de un compañero en una serrería, “el capataz no permitió que dejaran de trabajar, por lo que tuvieron que seguir cortando madera salpicados de la sangre del compañero”. O el de ese otro que, jovencísimo, es deportado junto a su familia a un campo de concentración estalinista. Su padre muere en el viaje, la madre fallece por una paliza al matar a su propia hija para evitarle las torturas de los guardianes y al niño lo dejan medio muerto en la nieve. La intervención de unos presos comúnes le salvará la vida. El sistema soviético había fabricado un criminal de por vida. Un delincuente, que diría Willy Toledo.

Las escenas son de una plasticidad arrolladora. Otra historia de un “abuelo”, uno de los patriarcas urcas, deja con la boca abierta: “El comandante dio una serie de órdenes a sus hombres, que aprestaron los fusiles, apuntaron y dispararon. Dos condenados se desplomaron muertos, pero el tercero, el del medio, siguió en pie, observando a la gente; tenía la camisa toda ensangrentada y ocho impactos en el cuerpo, pero no caía, estaba quieto y respiraba hondamente el aire gélido de la mañana. Era Kuzia, el joven urca siberiano”. Como el Código soviético sólo autorizaba una ejecución por fusilamiento, lo metieron en la cárcel por años. Pero fabricaron un mito viviente, un santo en vida para los criminales siberianos.

Lo cierto es que los siberianos fueron duros. Muy duros. Cuando Stalin trasladaba poblaciones enteras a Siberia, los habitantes de ésta eran enviados al Oeste. Unos temían el frío, los otros, que los montes estaban pelados. Esas normas gracias a las cuales consiguieron salir adelante pudieron ser mejores o peores, pero eran claras. Quizá por ello Lilin puede escribir que “eso era lo que me gustaba de aquel mundo, por violento y brutal que fuera; allí no cabían falsedades, mentiras ni hipocresías: todo era absolutamente verdadero y sincero”. “La gente era auténtica”, remacha, frente a una sociedad en la que “la gente me parecía ciega y sorda a los problemas ajenos y aún a los propios”.

Tal vez por eso Educación siberiana es fascinante y cautivadora de la primera a la última página. Porque los que aparecen en ella son gente auténtica.

Nikolai Lilin, Educación siberiana. Traducción de Juan Manuel Salmerón. Salamandra. Madrid, 2010.

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